26 oct 2011

Mi alma vela cada noche por tu presencia.

Lo vi alejarse por el camino de la amargura, desapareciendo con él mis ganas de seguir respirando, mis ganas de sonreír y continuar hacia delante. Vi como en sus labios se llevaba el sabor de los míos, en su piel mi aroma, en sus ojos el reflejo y la vida de los míos... Y aquí estoy, sola. Me siento como una niña pequeña, sin emociones; ni siquiera tristeza, muerta en vida. Cada noche recuerdo tu forma de mirarme, de acariciar tus labios contra los míos, de tocarme el pelo al dormir. Como anhelo ese beso en la frente cada noche, tus brazos aferrándome sin desazón...
-Nunca me separaría de ti...-
La forma de hundir tu nariz entre mi pelo. Siento tu mirada sobre mí, tan glacial, tan fría pero a la vez cargada de sensaciones...
Te necesito a mi lado. Mi alma vela cada noche por tu presencia.

El roce de tu piel.

Y en ese momento la ves, y la miras, y pasas cerca y te roza con el brazo, y nadie más lo ve, pero tu carne está de gallina y estás a punto de sonreír como un verdadero idiota.
Pero al pasar y reconocer su olor te vuelves loco del todo, y al darte la vuelta para decir algo sólo se te ocurre un “encantado de haber coincidido contigo en esta vida”, al tiempo que tu corazón lucha por salirse de tu pecho y tiemblas tanto que en cualquier segundo caerás rendido a sus pies.

25 oct 2011

No es lo que el mundo quiera, es lo que nosotros queramos.

Silenciosas lágrimas brotaron de los ojos de ella. Parecían gotas de rocío al amanecer, apoyadas sobre una pálida y casi marchita flor. Porque él sabía que desde su discusión estaba marchita. Triste, apagada, sin sonreír con verdaderas ganas... lo sabía. Sabía que la sonrisa que mostraba cada mañana a sus amigos era falsa. Sabía realmente bien cuando sonreía sin pensar, con ganas, con alegría; no con tristeza y dolor.
Agarró su mano para que no se fuese.
-Escucha.
Dijo con voz firme, algo melancólica él. Ella se resistió, pero él tiró de ella para que lo mirase.
-Escúchame, por favor.
Dijo esta vez exigente.
-¡Está todo más que claro!
Soltó ella de golpe, estallándo en llanto.
-Te quiero. Y todo aquel que no acepte lo nuestro puede irse al cuerno.

Estás a mi merced.

Pobre e ingenua niña... sueñas con alcanzar la luna con los los dedos, y te estiras y te estiras, das saltos para lograr obtener su brillo. Sin embargo, sabes que nunca vas a llegar, nunca...

Pequeña, sueñas demasiado. Hay peores cárceles que las palabras... a veces la esperanza es la peor de nuestras cárceles...

Te golpeas contra el cristal de tu barrera ciega. ¿No ves que no tienes futuro en esta senda? Cambia la ruta, tu tiempo se acaba, el reloj de arena no cesa su cuenta, no importa cuantos granos caigan, ninguno permanecerá encerrado en la copa.

Átate a mí. Átate. ¿Prefieres morir? ¿Prefieres la soledad, el vacío, la asfixia?

Sientes que te agotas, no puedes más... Has sido derrotada. Admite que has perdido, que te he ganado. Sí, soy tu miedo, quien te habla. Estás a mi merced... Admítelo.


24 oct 2011

Quiero ser tu todo.

Ya no puedo decirte de más formas diferentes que quiero ser tu todo.
Tu despertar, tu anochecer, tu querer...
Nosé como explicarte todo este sentimiento, aunque más bien definirlo sería imposible. Pero me voy a intentar acercar a la realidad, aunque todas estas metáforas sean lo único que pueda escribirte. Ya nosé que hacer, que decir, como responder, como ser, como sentirme... Ya nosé como poner el mundo patas abajo, porque buscandote lo puse patas arriba. Será que no te explico demasiado bien lo mucho que te necesito... Sí. Tendré que dejarte más claro que mi forma de mirarte es como un eclipse: intento enloquecerte, pero es difícil, porque al final la luna siempre seguirá existiendo, por mucho que se oculte. Tardé tanto en encontrarte que me desquicio al pensar: "Ya te encontré, ahora solo hace falta que me quieras y demostraremos nuestro sentir." Porque también sé, que si algún día me quisieras como yo te quiero, mi cabeza dejaría de estar loca. Y ésta adicción a ti terminaría como un simple vicio; ya que te consumiría a cada beso y te gastaría si fuera necesario. Porque sé que algún día se gastará... Pero ahora lo único que pienso es el principio de nuestro principio... No el principio de nuestro final. De solo pensar que algún día podamos querernos y demostrarselo al mundo, que nada igual existió, ni existirá... en mis labios se aflora una sonrisa de esperanza. Serás mi Romeo y yo tu Julieta... Y los dos juraremos amor eterno bajo la inconstante luna... y ella será testigo de nuestro prometido amor.

El dolor del corazón.

¿Qué le importaba estar sangrando?
Apretó aún con más fuerza y la sangre fluyó con más facilidad, pero ni siquiera así encontró el consuelo de un dolor físico que eclipsara el dolor intangible que le atravesaba el pecho.

23 oct 2011

Los pequeños detalles son los más importantes.

Un día más, una mañana más, una hora más, un minuto más. De nuevo, como siempre, todo en su orden, nada cambia nunca. Oh bueno, sí cambia, pero los pequeños cambios nunca son visibles, siempre pasan inadvertidos, como tantas cosas... Tantas señales, que nunca nadie se da cuenta de que son señales, pero lo son, al fin y al cabo, para aquellos que de verdad se detienen a fijarse en lo que les rodea, y dan importancia a cada detalle, por mínimo que sea.

Jamás me verás llorar.

Busco tus ojos en las sombras, me sumo en mi dulce amargura, amargura inmortal... me susurras en sueños, gritos del silencio, busco una estrella en mi oscuridad y tan solo veo siluetas del pasado... busco una muerte, para seguir viviendo, me hundiré en un vacío intenso, alejandome de lo que me daña... gritaré de rabia, pero jamás me verás llorar...

Solo caramelos rojos.


Continuó dándole caramelos rojos. Ella comenzaba a fruncir el ceño cada vez que él rebuscaba en su bolsillo, se metía uno de cualquier color en la boca (excepto rojo) y le daba otro a ella; rojo, como durante todo el camino.
-¿Porqué solo me das caramelos rojos?
-Deja de quejarte y toma otro. -replicó él con desinterés, enfureciéndola un poco más- De tanto quejarte me vas a amargar el sabor.
-Es que estaba fijandome de que solo me das caramelos rojos...
-¿Y para qué quieres de los otros?
-Porque me gustaría probarlos, creo que es una buena razón- dijo ella como si le mostrara algo bastante evidente.
Él alzó una ceja, burlón.
-Si a ti sólo te gustan los rojos.
Ella parpadeó, sorprendida ante semejante comentario que además era cierto.
-¿Cómo sabes que sólo me gustan los rojos?- inquirió ella, frunciendo el ceño con desconfianza.
-Deja de preguntar y sube- replicó él cruzándose de brazos, bufando hastiado y emulando cansancio por escucharla.
-No- se resistió ella- ¿Cómo lo sabes?
-¿Y qué más da?- preguntó él con desgana- Venga, sube de una vez o se cerrará.
Ella abrió la boca dispuesta a quejarse, indignada ante la sorprendente idiotez y cabezonería que parecía guiar al rubio aquel día. Puso las manos sobre sus caderas, dejando los brazos en forma de jarras para dar a entender que de allí ella no pensaba moverse sin recibir una respuesta satisfactoria.
-No pienso salir hasta que no me…
Entonces él se abalanzó sobre ella de súbito. Sintió sus labios presionando los suyos, y los separó un poco, dispuesta aunque aún algo combativa a recibir su beso. Sabía a menta, más que nunca. Una menta fresca proveniente del caramelo que se mezclaba con su natural olor salvaje y perturbador. Sintió una breve succión en su labio inferior, y jadeó suavemente. Él se separó de ella poco después, visiblemente orgulloso de sus propios actos.
Sus ojos argentados observaban con arrogante complacencia el color rojizo de sus labios.
-Cuando ibas a comprar chucherías, siempre traías el mismo sabor en la boca cuando te besaba por los pasillos- respondió con malévola diversión- Era imposible no darse cuenta.
Se relamió los labios con la lengua tras decir aquello, y ella, sonrojada ante aquella visión, trató de no repetir ese mismo gesto ella misma en un acto reflejo que la habría llevado a su perdición.

Estaba locamente enamorado de ella.

La besó, profundizó. Apretó sus labios contra los de ella, sintiendo ese amargo sabor a lo prohibido, esa sensación de no hacer lo que se debe. Hundió sus dedos en sus hombros, sosteniéndola, intentando que no cayese, se tambaleaba. La apoyó contra la pared, sintiendo sus labios reaccionar, mordiendo con delicadeza y cierta vergüenza sus labios, notando sus cálidas manos apoyarse en su pecho, aguantar el equilibrio. Perdiendo la cordura, él la apretó contra la pared deseando sentirla más cerca. Pero de pronto ocurrió. Escuchó un quejido proveniendo de los labios que rozaba. Aflorando el miedo de dañarla, suavizó el agarre y deslizó sus frías y pálidas manos por su cuello hasta sostener sus mejillas, notándolas calientes. Rubor. De pronto ella abrió los ojos, él se paró, paladeando su sabor. Finalmente los abrió y llegó a comprender algo...
Estaba locamente enamorado de ella.

Música.