20 sept 2011

Desestrellada.

Si eran ya casi las tres de la mañana... no lo recuerdo. Lo que si recuerdo era que hacía mucho frío esa madrugada, y que las cortinas se ondeaban a causa de un pequeño hueco de la ventana abierta. Las persianas estaban bajadas, ni un solo rayo de luz lunar llegaba hasta la habitación. Y mucho menos a mi cama. Sentada de rodillas sobre esta, mantenía mi cabeza entre mis manos hacía ya un largo rato. Sin pensar, sin hablar, sin abrir los ojos, pero sin dormir. Cuando el cuello comenzó a dolerme, decidí incorporarme. Me froté los ojos y me metí bajo las suaves sábanas de mi preciada cama. Escondí todo mi cuerpo hasta llegar a la barbilla. Las sábanas rozaban esta. Con los ojos muy abiertos contemplaba la oscuridad. Aquella oscuridad que me tranquilizaba, que me hacía anhelar mil recuerdos y mil acciones. De pronto y sin saber como, caí en un profundo sueño...

"Desperté de golpe, sudando, con los ojos rojos, irritados. Toda mi habitación estaba en completa oscuridad. Sin pensarlo dos veces apoyé los pies en el suelo y sentí como el frío suelo de mi cuarto llegaba hasta la última parte de mis huesos. Mis poros se cerraron, haciendo que los los pelos de mis brazos se pusieran rígidos. El camisón blanco y ancho, llegaba por mis rodillas. De pronto vi algo al alzar la vista. Pasé la mirada de nuevo por donde lo había echo antes, la puerta, y vi una luz al pasillo. Andé un par de pasos, los primeros titubeantes, los siguientes algo más firmes, y los últimos completamente seguros. Atravesé la puerta y me abrí al pequeño pasillo. Al comprobar finalmente que la luz que había visto desde mi habitación era una vela, decidí cogerla. Con cuidado la aferré por el pequeño asa del lugar en el que se colocaba. Comencé a caminar escaleras abajo sin saber muy bien porqué. Por fin llegué a la puerta principal de mi casa. Miré las puertas del salón y después las de la cocina. Nada ocurrió. Miré la puerta que me guiaba hacia el exterior de la casa y de repente la vela se apagó. Se esfumó toda la luz que podía guiarme por todos los pasillos. Por lo tanto, decidí buscar refugio en la luz. No quería permanecer más en medio del pasillo, sin hacer nada, sin ver a nadie ni nada. Comencé a sentir miedo. Entonces abrí la puerta. Una gran luz iluminó el pequeño pasillo, por lo que rápidamente salí fuera para ver de que se trataba. Era la Luna. Ahí estaba, en el cielo, brillando en todo su esplendor. Arrancando besos a mil y un enamorados, arrancando lágrimas a mil y un desalmados. Cerré los ojos. Suspiré. Los volví a abrir. El cielo estaba ahora compuesto por mil y una estrellas. Todas brillaban como la vela que había visto en el pasillo. Como si el cielo fuese aquel pasillo oscuro, lúgubre e inerte, y cada pequeña estrella, iluminase parte de él y dijese "Ven. No tengas miedo. Yo te guiaré."

- Silencio.

Escuché a mis espaldas. El corazón se me paró, dio un gran vuelco y se me desencajó la mandíbula tan de golpe que sentí un enorme dolor en los lados. La cerré con rapidez y tragué saliva sin girarme. Esa voz... era música para mis oídos. Una música inflamable, peligrosa. Tan peligrosa como adictiva y anhelante.

- He dicho que no hables.

Repitió esta vez notando la voz más cerca de mí. Me estremecí. Era un aviso. ¿Qué estaba pasando? De pronto sentí una mano sobre mi cintura, miré de reojo y vi que ninguna se apoyaba en esta. Después sentí unos dedos acariciar mi nunca, cerré los ojos intentando disfrutar el instante pero ya no los notaba. Después unos labios, claramente, eran sus labios, rozar mi cuello. Fruncí el ceño, me mordí el labio inferior, pero nada. Ya no lo notaba.

- Quiero decirte algo...

Esta vez era un susurro mezclado con una súplica. Lo sabía. Sabía todo de él, o al menos más de lo que él creía que sabía. Cogí aire, relajándome, esperando lo que se avecinaba. Los bajos de mi camisón blanco se ondeaban con suma tranquilidad, como si nada estuviese ocurriendo. Como si la persona a la que más tiempo había querido en el mundo no estuviese a punto de hablar. Pues cada palabra suya era más que una palabra para mí. Lo era todo. El viento paró. Alcé la vista y observé las estrellas. Oh no... una empezó a caer en picado hasta desaparecer. Después de la primera, cayó la de al lado, y después otra. Todas fueron cayendo, explicando así que toda posibilidad estaba muerta. Diciendo que no había esperanzas. Que ellas ya no estaban en el camino, que ellas no podrían ayudarme y que la oscuridad se apoderaba del momento. Que no habría más luz en camino. Una espantosa lluvia de desesperanzas se avecinó.

- Olvídame.

La tierra se paró. Todo. Incluso la lluvia de estrellas. Me giré enseguida, buscando el color de sus ojos, de su cabello, el provocar de sus labios. Solo logré ver una sombra difuminarse entre lo que ya era una calle etérea y difusa. Una lenta y tortuosa lágrima surcó mi mejilla, llegando hasta mis labios entreabiertos. Se coló en estos. Noté el horrible y atormentante sabor a amargura. A decepción. A la verdadera tristeza."


Abrí los ojos todo lo que pude, estos me dolían. Había llorado durante toda la noche. Vi a mi padre sentado al borde de la cama, con la cabeza entre sus manos, mirando el suelo con desesperación. No se movía. Parecía haber estado toda la noche despierto, o eso revelaban sus ojeras. Me miró, buscando en mi mirada unas palabras dulces, esperando que le dijese que todo iba bien, que solo había sido una pesadilla. Pero no solo era una pesadilla. Era una realidad, una súplica. Mi propio cerebro me había pedido que le olvidase de una vez. O él. Ya no distinguía lo que mi sueño quería decir. Sentí en mi lengua, un sabor salado, amargo. Un sabor a desesperación. Otro par de lágrimas habían llegado a la comisura de mis labios y se habían logrado colar al interior de mi boca. Suspiré.

-Estoy bien.

Le susurré a mi padre intentando cumplir sus deseos. Se levantó de la cama y comprendí enseguida que él también sabía que no, no estaba bien. Pero intentaba convencerse de que así fuese. Me dio un beso en la frente y salió de mi cuarto.

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