Anhelaba estar en mi casa, anhelaba estar en mi habitación, estar bajo las sábanas de mi cama. Odiaba tanto andar bajo la lluvia, de noche, con un dolor de cabeza insoportable. Cansada, me apoyé contra la pared de esta, no podía más. Me quité los tacones. Entré y los dejé en la puerta. Subí las escaleras para llegar a mi habitación, pero antes de entrar me asomé a la habitación de mi padre. El estaba durmiendo profundamente, roncaba, y se movía de vez en cuando.
Cuando por fin me adentré en "mi mundo", me senté en la cama, repasando cada detalle de la larga noche. Miré el reloj, que desprendía una luz roja, era digital. Marcaban las 4 y 17 de la madrugada. Me tumbé por instinto en la cama y cuando quise darme cuenta, ya estaba durmiendo...“Abrí los ojos, las puertas de un ascensor estaban cerradas delante de mi, no me había dado cuenta de que el ascensor estaba repleto de gente que intentaba no moverse para no incomodar a los demás, pero cuando llegaban a su destino tenían la obligación de abandonar el lugar. La gente que salía siempre venía del fondo de este, esto hacia que miles de codos, miles de cuerpos me aplastaran y se aplastaran entre ellos. Miré mi mano gracias a un movimiento de un hombre alto con el pelo canoso que tenía demasiada prisa en salir, y era comprensible. Entre mis dedos tenía un billete de tren. Lo contemplé, pues no recordaba hacia donde partía, con el ceño fruncido comencé a leer el papel. En este ponía que el tren que esperaba estaba dirigido ha Santander, y que la hora en la que partía eran las 10’17 de la mañana. Miré el reloj, aún era pronto, faltaban 2 minutos para las 10. No tenía ni idea de cómo había llegado a ese lugar, ni que iba a hacer en Santander. Pero algo me decía que hiciera caso a aquel billete que tenía entre las manos pues ¿Qué de malo puede haber en salir de Madrid? Ya todo era igual, me sabía de memoria cada extremo de la comunidad, cada banco, cada calle. Entonces fue cuando el ascensor se paró, la puerta de abrió y sin pensarlo dos veces salí de él dejando más hueco a todas esas personas, que me miraban como si llevaran esperando el momento que yo había vivido hacía un segundo toda la vida y para colmo no llegaba, o faltaba mucho por llegar. Alcé la vista y vi un cartel que marcaba que era el andén que buscaba. Llevaba una gran bolsa marrón colgada del brazo, justo en la misma mano contenía los billetes. Camine aturdida por el extenso lugar repleto de gente. La mayoría miraba el túnel por donde supuse que llegaría el tren que todos deseábamos. Caminaba con la vista en el billete, intentando recordar como había llegado a mis manos, pero en ese momento alguien se chocó contra mi brazo, y sentí como si un chispazo, como si un calambre rociara el lugar donde se habían encontrado ambos cuerpos y se expandía por todo mi cuerpo. Me encogí un poco al notar como llegaba a mi nuca y miré hacia atrás para ver quien había sido el causante de esa sensación. Oh, sí… allí estaba el. ¿Cómo puede ser? ¿Qué diantres ocurre con él? ¿Por qué lo tenía que volver a ver? ¿Por qué no desaparecía de una maldita vez? De todas las personas en el mundo, y justo la que menos deseaba ver estaba a dos metros de mi, y por si fuera poco me miraba. Me miraba con esos ojos grisáceos tirando a verde hierba, con esa maldita sonrisa que me volvía completamente loca. Su pelo revuelto, castaño, que a juzgar por la forma en la que se presentaba parecía haber venido en coche con la ventanilla completamente bajada. Apreté los dientes para no decir nada, pero sin saber como en el momento en que me formulaba esas preguntas el ya se encontraba a dos pasos escasos de mi. Le miré, le contemplé por unos segundos, hasta el momento en el que vi sus labios. ¿Cómo podían ser tan irresistibles? ¿Cómo no podía dejar de desear que fueran míos? El cuando notó que me paraba en sus labios sonrío con descaro, ladeó la cabeza y dijo:
- Los tengo cortados.
- ¿Qué? –Murmuré sin comprender de que me hablaba. ¿Cortados? Cogí aire, intentando disimular mis ganas de besarle y asimilé las palabras que me había dicho-
- Ah, ya, sí… Se nota. –Dije intentando mostrar indiferencia- ¿Qué haces aquí? –Dije sin rodeos, pues odiaba que me liara con sus mil preguntas que hacía que yo misma me formulara otras mil más-
- Vamos a Santander, ¿recuerdas? –Dijo con toda la normalidad del mundo, como si hablara del tiempo-
- ¿Tú? ¿Yo? ¿Vamos? ¿Tú y yo?
Abrí la boca en forma de O y al darme cuenta de lo que había echo por la forma en la que se echó a reír, la cerré de un fuerte golpe que provocó que me mordiera la lengua. Solté un leve gemido de dolor, sentía el sabor de la sangre en mi paladar, y el como me escocía me hizo sacar la lengua e intentar que el aire aliviara aquella sensación. Él se aproximo y poniendo una mano en mi mandíbula dijo con aire de preocupación:
- ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
Negué con fuerza, pero no solo por que la lengua me doliera, sino ¿Qué hacía yo yendo con él a Santander? Después de todo el dolor que me había causado, ¿Cómo había logrado convencerme de que volviera a quererle cerca de mí? En realidad siempre le quería cerca de mi… pero no, no era lo mejor…
-Me escuece… -Dije como pude a causa de la situación, e intentando no pensar más en el “porque de las cosas”-
Él sonrío con ternura y me dio un beso en los labios, esto hizo que el dolor de mi lengua se esfumara y que me inundara en el sabor de su boca, olvidándome de la cantidad de gente que entraba en el tren que acababa de llegar. Me entregué tanto en el beso, me entretuve tanto en el sabor, que con los ojos cerrados paladeé aquel manjar tan extraordinario, tan exquisito, aquellos labios que, sin darme cuenta me habían dejado hipnotizada y siquiera sentí cuando se separaron. Mantuve los ojos cerrados hasta que un ruido, un aviso sonó. El tren había cerrado sus puertas, el estaba desde la ventana mirándome con una sonrisa fugaz en los labios. Abrí mucho los ojos, estaba realmente asustada. ¡Me iba a dejar otra vez sola! ¡Él había vuelto a reavivar el dolor que por fin comenzaba a intentar olvidar! El tren partió despacio, y yo seguí con la mirada a aquel pasajero que me había robado un beso, que me había vuelto a hacer daño como tantas veces. Ni siquiera me había movido cuando una carcajada retumbó en mi cabeza. No logré reconocerla pero al recordar lo que había ocurrido hacía unos minutos atrás, sentí que se reía de mí. Solté el billete, mis ojos había adquirido el color rojo de pura rabia. Me llevé las manos a los oídos intentando dejar de escuchar aquella risa y comencé a llorar mientras que caía de rodillas al suelo. Cerré los ojos para intentar reprimir las lágrimas…”
Me desperté completamente fatigada, con el corazón en un puño. Agarré las sábanas con fuerza y solté un grito desgarrador de rabia, de infelicidad. La puerta de mi cuarto se abrió y mi padre se quedó mirándome desde el marco de la puerta. Se había levantado al escuchar el grito, creyendo que me había ocurrido algo grave. Y así fue. Volví a caer en él. Volví a soñar con esa maldita sonrisa, esa perfecta persona que me hacía tanto daño y por eso no era tan perfecta. Le odiaba, lo había vuelto a hacer. Pero más me odiaba a mi misma, a mi cabeza por haber vuelto a permitir que el se ocupara de un sueño más. Y sí, se que odiar es conceder demasiada importancia… pero yo debo de admitir que me importa.


