20 nov 2011

Gritar de felicidad, vivir y sentirlo...

Vivir es mirar al cielo cuando llueve y sentir millones de minúsculas gotitas chocar contra tu piel, es mirar a quien quieres y temblar de amor, es comerte la felicidad a mordiscos de cena con tus amigos. Vivir es tirarte con ropa a la piscina, ser sorprendido como nunca antes, y tocar la ventada del avión mientras sientes las nubes. Vivir es llorar de emoción hasta que no puedas respirar, vivir es beberte el día a sonrisas y la noche a canciones, y vivir es aprenderte la misma palabra en ocho idiomas. Pero yo sólo quiero vivir si es contigo.

1 nov 2011

Recordar el pasado es un pecado.

Me quedo en la cama, con la mirada perdida mirando por la ventana.
Toda clase de pensamientos recorren mi mente, por un laberinto de sueños y fantasias, dificiles de encontrar. La música vuelve a sonar, sin motivo ninguno comienzo a susurrar, es nuestra canción.
Sentí que las comisuras de los labios se me arqueaban, pero sin llegar a sonreír. Aún asi, vuelvo en si, y pienso el tiempo que llevo mirando a la nada, pensando simplemente en un ser. Un ser que me ha hecho sonreir de la manera más estúpida. De la mejor manera posible. Me levanto torpemente de la cama, recorriendo un pasillo oscuro, sin estar iluminado de tus encantos y tus miradas.
Y hoy nuevamente, contemplando el anochecer desde mi ventana, vuelvo a escribir una carta para ti. Cada día te intento olvidar, pero cada vez que pertenecen a otro ser mis inocentes pensamientos, siento como mi corazón se ahoga, como se debiltan mis sentimientos...
Poco a poco, la canción llega a su fin, y me quedo sola en la habitación donde un día fue ese rincón, donde compartiamos aterciopelados besos.

26 oct 2011

Mi alma vela cada noche por tu presencia.

Lo vi alejarse por el camino de la amargura, desapareciendo con él mis ganas de seguir respirando, mis ganas de sonreír y continuar hacia delante. Vi como en sus labios se llevaba el sabor de los míos, en su piel mi aroma, en sus ojos el reflejo y la vida de los míos... Y aquí estoy, sola. Me siento como una niña pequeña, sin emociones; ni siquiera tristeza, muerta en vida. Cada noche recuerdo tu forma de mirarme, de acariciar tus labios contra los míos, de tocarme el pelo al dormir. Como anhelo ese beso en la frente cada noche, tus brazos aferrándome sin desazón...
-Nunca me separaría de ti...-
La forma de hundir tu nariz entre mi pelo. Siento tu mirada sobre mí, tan glacial, tan fría pero a la vez cargada de sensaciones...
Te necesito a mi lado. Mi alma vela cada noche por tu presencia.

El roce de tu piel.

Y en ese momento la ves, y la miras, y pasas cerca y te roza con el brazo, y nadie más lo ve, pero tu carne está de gallina y estás a punto de sonreír como un verdadero idiota.
Pero al pasar y reconocer su olor te vuelves loco del todo, y al darte la vuelta para decir algo sólo se te ocurre un “encantado de haber coincidido contigo en esta vida”, al tiempo que tu corazón lucha por salirse de tu pecho y tiemblas tanto que en cualquier segundo caerás rendido a sus pies.

25 oct 2011

No es lo que el mundo quiera, es lo que nosotros queramos.

Silenciosas lágrimas brotaron de los ojos de ella. Parecían gotas de rocío al amanecer, apoyadas sobre una pálida y casi marchita flor. Porque él sabía que desde su discusión estaba marchita. Triste, apagada, sin sonreír con verdaderas ganas... lo sabía. Sabía que la sonrisa que mostraba cada mañana a sus amigos era falsa. Sabía realmente bien cuando sonreía sin pensar, con ganas, con alegría; no con tristeza y dolor.
Agarró su mano para que no se fuese.
-Escucha.
Dijo con voz firme, algo melancólica él. Ella se resistió, pero él tiró de ella para que lo mirase.
-Escúchame, por favor.
Dijo esta vez exigente.
-¡Está todo más que claro!
Soltó ella de golpe, estallándo en llanto.
-Te quiero. Y todo aquel que no acepte lo nuestro puede irse al cuerno.

Estás a mi merced.

Pobre e ingenua niña... sueñas con alcanzar la luna con los los dedos, y te estiras y te estiras, das saltos para lograr obtener su brillo. Sin embargo, sabes que nunca vas a llegar, nunca...

Pequeña, sueñas demasiado. Hay peores cárceles que las palabras... a veces la esperanza es la peor de nuestras cárceles...

Te golpeas contra el cristal de tu barrera ciega. ¿No ves que no tienes futuro en esta senda? Cambia la ruta, tu tiempo se acaba, el reloj de arena no cesa su cuenta, no importa cuantos granos caigan, ninguno permanecerá encerrado en la copa.

Átate a mí. Átate. ¿Prefieres morir? ¿Prefieres la soledad, el vacío, la asfixia?

Sientes que te agotas, no puedes más... Has sido derrotada. Admite que has perdido, que te he ganado. Sí, soy tu miedo, quien te habla. Estás a mi merced... Admítelo.


24 oct 2011

Quiero ser tu todo.

Ya no puedo decirte de más formas diferentes que quiero ser tu todo.
Tu despertar, tu anochecer, tu querer...
Nosé como explicarte todo este sentimiento, aunque más bien definirlo sería imposible. Pero me voy a intentar acercar a la realidad, aunque todas estas metáforas sean lo único que pueda escribirte. Ya nosé que hacer, que decir, como responder, como ser, como sentirme... Ya nosé como poner el mundo patas abajo, porque buscandote lo puse patas arriba. Será que no te explico demasiado bien lo mucho que te necesito... Sí. Tendré que dejarte más claro que mi forma de mirarte es como un eclipse: intento enloquecerte, pero es difícil, porque al final la luna siempre seguirá existiendo, por mucho que se oculte. Tardé tanto en encontrarte que me desquicio al pensar: "Ya te encontré, ahora solo hace falta que me quieras y demostraremos nuestro sentir." Porque también sé, que si algún día me quisieras como yo te quiero, mi cabeza dejaría de estar loca. Y ésta adicción a ti terminaría como un simple vicio; ya que te consumiría a cada beso y te gastaría si fuera necesario. Porque sé que algún día se gastará... Pero ahora lo único que pienso es el principio de nuestro principio... No el principio de nuestro final. De solo pensar que algún día podamos querernos y demostrarselo al mundo, que nada igual existió, ni existirá... en mis labios se aflora una sonrisa de esperanza. Serás mi Romeo y yo tu Julieta... Y los dos juraremos amor eterno bajo la inconstante luna... y ella será testigo de nuestro prometido amor.

El dolor del corazón.

¿Qué le importaba estar sangrando?
Apretó aún con más fuerza y la sangre fluyó con más facilidad, pero ni siquiera así encontró el consuelo de un dolor físico que eclipsara el dolor intangible que le atravesaba el pecho.

23 oct 2011

Los pequeños detalles son los más importantes.

Un día más, una mañana más, una hora más, un minuto más. De nuevo, como siempre, todo en su orden, nada cambia nunca. Oh bueno, sí cambia, pero los pequeños cambios nunca son visibles, siempre pasan inadvertidos, como tantas cosas... Tantas señales, que nunca nadie se da cuenta de que son señales, pero lo son, al fin y al cabo, para aquellos que de verdad se detienen a fijarse en lo que les rodea, y dan importancia a cada detalle, por mínimo que sea.

Jamás me verás llorar.

Busco tus ojos en las sombras, me sumo en mi dulce amargura, amargura inmortal... me susurras en sueños, gritos del silencio, busco una estrella en mi oscuridad y tan solo veo siluetas del pasado... busco una muerte, para seguir viviendo, me hundiré en un vacío intenso, alejandome de lo que me daña... gritaré de rabia, pero jamás me verás llorar...

Solo caramelos rojos.


Continuó dándole caramelos rojos. Ella comenzaba a fruncir el ceño cada vez que él rebuscaba en su bolsillo, se metía uno de cualquier color en la boca (excepto rojo) y le daba otro a ella; rojo, como durante todo el camino.
-¿Porqué solo me das caramelos rojos?
-Deja de quejarte y toma otro. -replicó él con desinterés, enfureciéndola un poco más- De tanto quejarte me vas a amargar el sabor.
-Es que estaba fijandome de que solo me das caramelos rojos...
-¿Y para qué quieres de los otros?
-Porque me gustaría probarlos, creo que es una buena razón- dijo ella como si le mostrara algo bastante evidente.
Él alzó una ceja, burlón.
-Si a ti sólo te gustan los rojos.
Ella parpadeó, sorprendida ante semejante comentario que además era cierto.
-¿Cómo sabes que sólo me gustan los rojos?- inquirió ella, frunciendo el ceño con desconfianza.
-Deja de preguntar y sube- replicó él cruzándose de brazos, bufando hastiado y emulando cansancio por escucharla.
-No- se resistió ella- ¿Cómo lo sabes?
-¿Y qué más da?- preguntó él con desgana- Venga, sube de una vez o se cerrará.
Ella abrió la boca dispuesta a quejarse, indignada ante la sorprendente idiotez y cabezonería que parecía guiar al rubio aquel día. Puso las manos sobre sus caderas, dejando los brazos en forma de jarras para dar a entender que de allí ella no pensaba moverse sin recibir una respuesta satisfactoria.
-No pienso salir hasta que no me…
Entonces él se abalanzó sobre ella de súbito. Sintió sus labios presionando los suyos, y los separó un poco, dispuesta aunque aún algo combativa a recibir su beso. Sabía a menta, más que nunca. Una menta fresca proveniente del caramelo que se mezclaba con su natural olor salvaje y perturbador. Sintió una breve succión en su labio inferior, y jadeó suavemente. Él se separó de ella poco después, visiblemente orgulloso de sus propios actos.
Sus ojos argentados observaban con arrogante complacencia el color rojizo de sus labios.
-Cuando ibas a comprar chucherías, siempre traías el mismo sabor en la boca cuando te besaba por los pasillos- respondió con malévola diversión- Era imposible no darse cuenta.
Se relamió los labios con la lengua tras decir aquello, y ella, sonrojada ante aquella visión, trató de no repetir ese mismo gesto ella misma en un acto reflejo que la habría llevado a su perdición.

Estaba locamente enamorado de ella.

La besó, profundizó. Apretó sus labios contra los de ella, sintiendo ese amargo sabor a lo prohibido, esa sensación de no hacer lo que se debe. Hundió sus dedos en sus hombros, sosteniéndola, intentando que no cayese, se tambaleaba. La apoyó contra la pared, sintiendo sus labios reaccionar, mordiendo con delicadeza y cierta vergüenza sus labios, notando sus cálidas manos apoyarse en su pecho, aguantar el equilibrio. Perdiendo la cordura, él la apretó contra la pared deseando sentirla más cerca. Pero de pronto ocurrió. Escuchó un quejido proveniendo de los labios que rozaba. Aflorando el miedo de dañarla, suavizó el agarre y deslizó sus frías y pálidas manos por su cuello hasta sostener sus mejillas, notándolas calientes. Rubor. De pronto ella abrió los ojos, él se paró, paladeando su sabor. Finalmente los abrió y llegó a comprender algo...
Estaba locamente enamorado de ella.

20 sept 2011

Desestrellada.

Si eran ya casi las tres de la mañana... no lo recuerdo. Lo que si recuerdo era que hacía mucho frío esa madrugada, y que las cortinas se ondeaban a causa de un pequeño hueco de la ventana abierta. Las persianas estaban bajadas, ni un solo rayo de luz lunar llegaba hasta la habitación. Y mucho menos a mi cama. Sentada de rodillas sobre esta, mantenía mi cabeza entre mis manos hacía ya un largo rato. Sin pensar, sin hablar, sin abrir los ojos, pero sin dormir. Cuando el cuello comenzó a dolerme, decidí incorporarme. Me froté los ojos y me metí bajo las suaves sábanas de mi preciada cama. Escondí todo mi cuerpo hasta llegar a la barbilla. Las sábanas rozaban esta. Con los ojos muy abiertos contemplaba la oscuridad. Aquella oscuridad que me tranquilizaba, que me hacía anhelar mil recuerdos y mil acciones. De pronto y sin saber como, caí en un profundo sueño...

"Desperté de golpe, sudando, con los ojos rojos, irritados. Toda mi habitación estaba en completa oscuridad. Sin pensarlo dos veces apoyé los pies en el suelo y sentí como el frío suelo de mi cuarto llegaba hasta la última parte de mis huesos. Mis poros se cerraron, haciendo que los los pelos de mis brazos se pusieran rígidos. El camisón blanco y ancho, llegaba por mis rodillas. De pronto vi algo al alzar la vista. Pasé la mirada de nuevo por donde lo había echo antes, la puerta, y vi una luz al pasillo. Andé un par de pasos, los primeros titubeantes, los siguientes algo más firmes, y los últimos completamente seguros. Atravesé la puerta y me abrí al pequeño pasillo. Al comprobar finalmente que la luz que había visto desde mi habitación era una vela, decidí cogerla. Con cuidado la aferré por el pequeño asa del lugar en el que se colocaba. Comencé a caminar escaleras abajo sin saber muy bien porqué. Por fin llegué a la puerta principal de mi casa. Miré las puertas del salón y después las de la cocina. Nada ocurrió. Miré la puerta que me guiaba hacia el exterior de la casa y de repente la vela se apagó. Se esfumó toda la luz que podía guiarme por todos los pasillos. Por lo tanto, decidí buscar refugio en la luz. No quería permanecer más en medio del pasillo, sin hacer nada, sin ver a nadie ni nada. Comencé a sentir miedo. Entonces abrí la puerta. Una gran luz iluminó el pequeño pasillo, por lo que rápidamente salí fuera para ver de que se trataba. Era la Luna. Ahí estaba, en el cielo, brillando en todo su esplendor. Arrancando besos a mil y un enamorados, arrancando lágrimas a mil y un desalmados. Cerré los ojos. Suspiré. Los volví a abrir. El cielo estaba ahora compuesto por mil y una estrellas. Todas brillaban como la vela que había visto en el pasillo. Como si el cielo fuese aquel pasillo oscuro, lúgubre e inerte, y cada pequeña estrella, iluminase parte de él y dijese "Ven. No tengas miedo. Yo te guiaré."

- Silencio.

Escuché a mis espaldas. El corazón se me paró, dio un gran vuelco y se me desencajó la mandíbula tan de golpe que sentí un enorme dolor en los lados. La cerré con rapidez y tragué saliva sin girarme. Esa voz... era música para mis oídos. Una música inflamable, peligrosa. Tan peligrosa como adictiva y anhelante.

- He dicho que no hables.

Repitió esta vez notando la voz más cerca de mí. Me estremecí. Era un aviso. ¿Qué estaba pasando? De pronto sentí una mano sobre mi cintura, miré de reojo y vi que ninguna se apoyaba en esta. Después sentí unos dedos acariciar mi nunca, cerré los ojos intentando disfrutar el instante pero ya no los notaba. Después unos labios, claramente, eran sus labios, rozar mi cuello. Fruncí el ceño, me mordí el labio inferior, pero nada. Ya no lo notaba.

- Quiero decirte algo...

Esta vez era un susurro mezclado con una súplica. Lo sabía. Sabía todo de él, o al menos más de lo que él creía que sabía. Cogí aire, relajándome, esperando lo que se avecinaba. Los bajos de mi camisón blanco se ondeaban con suma tranquilidad, como si nada estuviese ocurriendo. Como si la persona a la que más tiempo había querido en el mundo no estuviese a punto de hablar. Pues cada palabra suya era más que una palabra para mí. Lo era todo. El viento paró. Alcé la vista y observé las estrellas. Oh no... una empezó a caer en picado hasta desaparecer. Después de la primera, cayó la de al lado, y después otra. Todas fueron cayendo, explicando así que toda posibilidad estaba muerta. Diciendo que no había esperanzas. Que ellas ya no estaban en el camino, que ellas no podrían ayudarme y que la oscuridad se apoderaba del momento. Que no habría más luz en camino. Una espantosa lluvia de desesperanzas se avecinó.

- Olvídame.

La tierra se paró. Todo. Incluso la lluvia de estrellas. Me giré enseguida, buscando el color de sus ojos, de su cabello, el provocar de sus labios. Solo logré ver una sombra difuminarse entre lo que ya era una calle etérea y difusa. Una lenta y tortuosa lágrima surcó mi mejilla, llegando hasta mis labios entreabiertos. Se coló en estos. Noté el horrible y atormentante sabor a amargura. A decepción. A la verdadera tristeza."


Abrí los ojos todo lo que pude, estos me dolían. Había llorado durante toda la noche. Vi a mi padre sentado al borde de la cama, con la cabeza entre sus manos, mirando el suelo con desesperación. No se movía. Parecía haber estado toda la noche despierto, o eso revelaban sus ojeras. Me miró, buscando en mi mirada unas palabras dulces, esperando que le dijese que todo iba bien, que solo había sido una pesadilla. Pero no solo era una pesadilla. Era una realidad, una súplica. Mi propio cerebro me había pedido que le olvidase de una vez. O él. Ya no distinguía lo que mi sueño quería decir. Sentí en mi lengua, un sabor salado, amargo. Un sabor a desesperación. Otro par de lágrimas habían llegado a la comisura de mis labios y se habían logrado colar al interior de mi boca. Suspiré.

-Estoy bien.

Le susurré a mi padre intentando cumplir sus deseos. Se levantó de la cama y comprendí enseguida que él también sabía que no, no estaba bien. Pero intentaba convencerse de que así fuese. Me dio un beso en la frente y salió de mi cuarto.

5 feb 2011

La estación.

Anhelaba estar en mi casa, anhelaba estar en mi habitación, estar bajo las sábanas de mi cama. Odiaba tanto andar bajo la lluvia, de noche, con un dolor de cabeza insoportable. Cansada, me apoyé contra la pared de esta, no podía más. Me quité los tacones. Entré y los dejé en la puerta. Subí las escaleras para llegar a mi habitación, pero antes de entrar me asomé a la habitación de mi padre. El estaba durmiendo profundamente, roncaba, y se movía de vez en cuando.
Cuando por fin me adentré en "mi mundo", me senté en la cama, repasando cada detalle de la larga noche. Miré el reloj, que desprendía una luz roja, era digital. Marcaban las 4 y 17 de la madrugada. Me tumbé por instinto en la cama y cuando quise darme cuenta, ya estaba durmiendo...

“Abrí los ojos, las puertas de un ascensor estaban cerradas delante de mi, no me había dado cuenta de que el ascensor estaba repleto de gente que intentaba no moverse para no incomodar a los demás, pero cuando llegaban a su destino tenían la obligación de abandonar el lugar. La gente que salía siempre venía del fondo de este, esto hacia que miles de codos, miles de cuerpos me aplastaran y se aplastaran entre ellos. Miré mi mano gracias a un movimiento de un hombre alto con el pelo canoso que tenía demasiada prisa en salir, y era comprensible. Entre mis dedos tenía un billete de tren. Lo contemplé, pues no recordaba hacia donde partía, con el ceño fruncido comencé a leer el papel. En este ponía que el tren que esperaba estaba dirigido ha Santander, y que la hora en la que partía eran las 10’17 de la mañana. Miré el reloj, aún era pronto, faltaban 2 minutos para las 10. No tenía ni idea de cómo había llegado a ese lugar, ni que iba a hacer en Santander. Pero algo me decía que hiciera caso a aquel billete que tenía entre las manos pues ¿Qué de malo puede haber en salir de Madrid? Ya todo era igual, me sabía de memoria cada extremo de la comunidad, cada banco, cada calle. Entonces fue cuando el ascensor se paró, la puerta de abrió y sin pensarlo dos veces salí de él dejando más hueco a todas esas personas, que me miraban como si llevaran esperando el momento que yo había vivido hacía un segundo toda la vida y para colmo no llegaba, o faltaba mucho por llegar. Alcé la vista y vi un cartel que marcaba que era el andén que buscaba. Llevaba una gran bolsa marrón colgada del brazo, justo en la misma mano contenía los billetes. Camine aturdida por el extenso lugar repleto de gente. La mayoría miraba el túnel por donde supuse que llegaría el tren que todos deseábamos. Caminaba con la vista en el billete, intentando recordar como había llegado a mis manos, pero en ese momento alguien se chocó contra mi brazo, y sentí como si un chispazo, como si un calambre rociara el lugar donde se habían encontrado ambos cuerpos y se expandía por todo mi cuerpo. Me encogí un poco al notar como llegaba a mi nuca y miré hacia atrás para ver quien había sido el causante de esa sensación. Oh, sí… allí estaba el. ¿Cómo puede ser? ¿Qué diantres ocurre con él? ¿Por qué lo tenía que volver a ver? ¿Por qué no desaparecía de una maldita vez? De todas las personas en el mundo, y justo la que menos deseaba ver estaba a dos metros de mi, y por si fuera poco me miraba. Me miraba con esos ojos grisáceos tirando a verde hierba, con esa maldita sonrisa que me volvía completamente loca. Su pelo revuelto, castaño, que a juzgar por la forma en la que se presentaba parecía haber venido en coche con la ventanilla completamente bajada. Apreté los dientes para no decir nada, pero sin saber como en el momento en que me formulaba esas preguntas el ya se encontraba a dos pasos escasos de mi. Le miré, le contemplé por unos segundos, hasta el momento en el que vi sus labios. ¿Cómo podían ser tan irresistibles? ¿Cómo no podía dejar de desear que fueran míos? El cuando notó que me paraba en sus labios sonrío con descaro, ladeó la cabeza y dijo:
-          Los tengo cortados.
-          ¿Qué? –Murmuré sin comprender de que me hablaba. ¿Cortados? Cogí aire, intentando disimular mis ganas de besarle y asimilé las palabras que me había dicho-
-          Ah, ya, sí… Se nota. –Dije intentando mostrar indiferencia- ¿Qué haces aquí? –Dije sin rodeos, pues odiaba que me liara con sus mil preguntas que hacía que yo misma me formulara otras mil más-
-          Vamos a Santander, ¿recuerdas? –Dijo con toda la normalidad del mundo, como si hablara del tiempo-
-          ¿Tú? ¿Yo? ¿Vamos? ¿Tú y yo?
Abrí la boca en forma de O y al darme cuenta de lo que había echo por la forma en la que se echó a reír, la cerré de un fuerte golpe que provocó que me mordiera la lengua. Solté un leve gemido de dolor, sentía el sabor de la sangre en mi paladar, y el como me escocía me hizo sacar la lengua e intentar que el aire aliviara aquella sensación. Él se aproximo y poniendo una mano en mi mandíbula dijo con aire de preocupación:
-          ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
Negué con fuerza, pero no solo por que la lengua me doliera, sino ¿Qué hacía yo yendo con él a Santander? Después de todo el dolor que me había causado, ¿Cómo había logrado convencerme de que volviera a quererle cerca de mí? En realidad siempre le quería cerca de mi… pero no, no era lo mejor…
-Me escuece… -Dije como pude a causa de la situación, e intentando no pensar más en el “porque de las cosas”-
Él sonrío con ternura y me dio un beso en los labios, esto hizo que el dolor de mi lengua se esfumara y que me inundara en el sabor de su boca, olvidándome de la cantidad de gente que entraba en el tren que acababa de llegar. Me entregué tanto en el beso, me entretuve tanto en el sabor, que con los ojos cerrados paladeé aquel manjar tan extraordinario, tan exquisito,  aquellos labios que, sin darme cuenta me habían dejado hipnotizada y siquiera sentí cuando se separaron. Mantuve los ojos cerrados hasta que un ruido, un aviso sonó. El tren había cerrado sus puertas, el estaba desde la ventana mirándome con una sonrisa fugaz en los labios. Abrí mucho los ojos, estaba realmente asustada. ¡Me iba a dejar otra vez sola! ¡Él había vuelto a reavivar el dolor que por fin comenzaba a intentar olvidar! El tren partió despacio, y yo seguí con la mirada a aquel pasajero que me había robado un beso, que me había vuelto a hacer daño como tantas veces. Ni siquiera me había movido cuando una carcajada retumbó en mi cabeza. No logré reconocerla pero al recordar lo que había ocurrido hacía unos minutos atrás, sentí que se reía de mí. Solté el billete, mis ojos había adquirido el color rojo de pura rabia. Me llevé las manos a los oídos intentando dejar de escuchar aquella risa y comencé a llorar mientras que caía de rodillas al suelo. Cerré los ojos para intentar reprimir las lágrimas…”

Me desperté completamente fatigada, con el corazón en un puño. Agarré las sábanas con fuerza y solté un grito desgarrador de rabia, de infelicidad. La puerta de mi cuarto se abrió y mi padre se quedó mirándome desde el marco de la puerta. Se había levantado al escuchar el grito, creyendo que me había ocurrido algo grave. Y así fue. Volví a caer en él. Volví a soñar con esa maldita sonrisa, esa perfecta persona que me hacía tanto daño y por eso no era tan perfecta. Le odiaba, lo había vuelto a hacer. Pero más me odiaba a mi misma, a mi cabeza por haber vuelto a permitir que el se ocupara de un sueño más. Y sí, se que odiar es conceder demasiada importancia… pero yo debo de admitir que me importa.


Música.