Me desperté, levanté la vista hacia el techo. ¿Que era aquello? El techo... No era del color blanco habitual, de mi casa. Era rosa, de ese rosa pastel que tanto odio. Aún tumbada sobre la cama, ladeé la cabeza mirando todo lo de mi alrededor. Oh, sí, no era mi habitación.Estaba algo aturdida, cuando escuché la voz de una mujer, algo cómica tras la puerta cerrada de la sala.
-¡Julietaaaa! -se escuchaba decir a aquella voz, cuando derrepente abrió la puerta con fuerza, haciendo temblar ambos cuadros que se hallaban a los lados de esta. ¿Julieta? Dije para mi misma. ¿Que Julieta? ¡Yo no soy Julieta, soy...!
-Julieta, levántate ahora mismo. Tengo que explicarte lo que tu amado Romeo me contó.- ¿Julieta? ¿Romeo? ¿Que era todo aquello? Oh, ya,ya entiendo. Otro sueño.
Intenté meterme en el papel, levantándome fingiendo ansia.
-¡Ama, oh mi querida ama! ¿Que noticias traes sobre mi amado? -La verdad que lo hice bastante bien- Corre corre, mi compartido corazón comienza a acelerar sus latidos.
-Julieta, -Dijo con ahora tranquilidad- Como me duele la espalda...Sí, sí, ya me estoy haciendo vieja, jovencita. -Ella fingió muy mal el no haberme escuchado-
-Oh ama, pobrecita ama. Yo aré que esos dolores se te pasen, si me cuentas lo que Romeo quiere decirme. -La dije mientras posaba mis manos sobre sus hombros, haciendo ademán de masajearlos, abarcando cuanto podía con las palmas de mis manos-
-Oh sí, sí, Romeo... -Dijo sentándose en una silla, cerca de mi ahora cama- Romeo dice... ¡Que quiere ser tu esposo! ¡Sí, dice sí! ¿¡Sabes lo que esto significa, Julieta!? Mi pequeña... -Comenzó a hablar con tanta rapidez que apenas entendí dos palabras. Pero yo, solo pensaba en como había logrado aparecer en un sueño de uno de mis libros favoritos, casándome...- ¿Julieta? ¡Te estoy hablando!
La miré, y clavé mis ojos en ella, asintiendo con delicadeza mientras seguía con su conversación. Cuando acabó, aparté mis manos de sus hombros, y me coloqué frente a ella, sonriéndola, dije:
-¡Ama, quiero casarme cuanto antes! -No sabía lo que había dicho, no lo pensé. Creo que es otro efecto de los sueños bajo la apariencia de otra persona-
-Genial, genial. Romeo a dicho que está tarde, te esperará en la iglesia de San Pedro cuando se esconda el sol. ¡Se puntual, jovencita! Será difícil ocupar a tus padres dos días.
Aquella regordeta mujer, se fue de la habitación en un abrir y cerrar de ojos. Me dejé caer de espaldas, sobre la cama, con los brazos extendidos. Romeo... Aullaban mis pensamientos. Romeo... El eco en mi cabeza retumbaba. Me levanté, mire por la ventana, ¿Que hora era? El sol, ya iba por las ventanas de las casas de mi vecino, eso significaba que eran las... ¡Seis de la tarde! En una hora, debía de estar en la iglesia... ¡no, no! ir vestida de princesita por la calle llamaría demasiado la atención. Con la ropa que llevaba, me dirigí hacia la iglesia. Con el fin de que tuvieran algo que ponerme, donado por alguna ricachona me presenté ante el sacerdote. Así fue. Las monjas, que colaboraban con Fray Lorenzo con la iglesia, me ayudaron a vestirme, con un largo, antiguo pero precioso vestido blanco, que acababa con una enorme cola y volantes al final de cada parte. Ya vestida y arreglada, las monjas me hicieron un sencillo pero bonito recogido, dejando caer algunos mechones de mi claro pelo por la piel de mis mejillas.
-Julieta, tu futuro marido te espera... -Susurraron a coro las monjas, agarrándome por las extremidades superiores, bajándome el velo, arrastrándome al altar- Suerte, joven. -Dijo la que se encargó de bajarme el velo.
Camine, con unos zapatos blancos, con poco tacón, haciéndolos resonar contra la tarima de la iglesia. Miraba al suelo, mientras seguía caminando en la misma dirección. Escuché un pequeño sollozó a mi derecha, levanté la vista, logrando ver las anchas piernas de una mujer, era el ama, llorando de felicidad supongo. Me paré, justo en frente de alguien, hombre, mi amado. Llevaba unos zapatos negros, y unos pantalones que apenas aún tenían algunas partes de su negro original. Debían de habérselo dado en la iglesia, al igual que a mi. Levanté la vista con cuidado, subiendo por el musculoso cuerpo del hombre, visualizando cada detalle del traje que llevaba puesto, hasta que llegué a su rostro... Mi corazón dio un vuelco, se desgarró. Era... él. Romeo, era... el causante de todo el dolor de mi pecho, el que cada noche me hacía inundarme en un mar de lágrimas bajo las sábanas de mi habitación. Ahora el sueño no me parecía tan perfecto... tan perfecto como el. Me mojé los labios, alzando con un toque de soberbia mi barbilla, mirándole, penetrando con mi ojos los suyos, tan verdes e hiponotizantes como siempre. No pude aguantarlo mas, cuando me dirigí a otra parte de el, extremadamente peligrosa... Sus labios. Aquellos labios... que me habían dejado ya mas de una vez con lágrimas en los ojos, que habían logrado volverme loca en momento más seguro para mí. No tenía control cuando ellos estaban delante mía. Ahora me perdía en los surcos de las comisuras de estos, que esbozaban la más bonita sonrisa que hubiera querido el mundo ver en el último suspiro de la agotadora vida. Es entonces cuando susurró algo...
-Estas preciosa. -Dijo mientras sonreía con más fuerza, apretando un poco más los dientes, sabiendo que su aterciopelada voz me volvía más loca aún. ¿Que quería, matarme?
Tragué saliva, desviando la vista hacia el suelo. Pero mis ojos me jugaron una mala pasada, volvieron a el, mientras yo aceptaba la proposición de boda, que recitaba el cura. Ahora le tocaba a el...
-Joven Romeo, ¿Desea contraer matrimonio con esta mujer, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para lo bueno y para lo malo, hasta que la muerte os separe? -Me miró, sonrió, y llevó una mano a mi velo, lo aparto de mi, dejando ver mi cara algo ruborizada. Deslizó una mano por mi barbilla, acariciándola con tranquilidad, se acercó a mi lentamente, y me besó en los labios, yo con ganas continué el beso, olvidando todo aquello, que todo era un sueño que todo.... se nublaba a mi alrededor, formas de todos los colores se mezclaban en la oscuridad, haciéndome despertar en la realidad, en la verdad.
Me desperté, esta vez sin prisa, mirando el techo, como en aquel sueño. Esta vez, sí era mi cuarto. Rodé los ojos en círculos, y me incorporé. ¿Que significaba ese sueño? Mi pecho, me dolía, pero no tanto como otras veces, llevé una mano a mi corazón, respirando entrecortadamente, e intenté sonreír. Me besó. Eso ya era un enorme paso, pero me besó, y no se fue, esta vez me fui yo... Malditos sueños, refunfuñé. Otra cosa que quedaba en el aire era... la contestación. ¿Cual sería su respuesta? Sí, no... Dos adverbios que tenían un significado tan contrario... ¿Me quería? ¿No me quería? Sin saber porque, rompí a llorar... Maldita y atolondrada cabeza, deja de imaginarte sandeces.


